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Cuando Marcos Medina, por estímulo de sus amigas y amigos, decidió participar en el Premio Montevideo 2023, no imaginaba que iba a ser reconocido con el Primer Premio Adquisición entre más de 400 artistas. De todos modos, sí confiaba en su obra; por la calidad, el tema y la honestidad.
El artista nos acompaña a ver su instalación, expuesta, en el marco del Premio, en el Subte Municipal.
Marcos no trabajó esta obra en función del premio sino que siguió el camino que ya venía transitando durante los dos años anteriores. Sus dibujos aluden a violencia en situaciones de marginalidad, violencia policial, violencia sistémica; experiencias que también son propias. Creció en un contexto marginal; a sus siete años su padre fue muerto por la policía; en su juventud sufrió las razias posdictadura; conoció el prejuzgamiento, la discriminación.
Técnicamente, describe su trazo como gestual y personal; "un trazo callejero". Dibuja y pinta desde siempre. Se sumó a los grafiteros de las calles de Pando, a los seguidores del hardcore; comenzó a vincularse con otros jóvenes artistas, músicos, interesados en la literatura. En 2008 ingresó al taller de Gustavo Tabares, donde empezó a trabajar con la intención de profesionalizarse.
Describe su metodología y su técnica: trabaja sobre el papel, imprime, recorta, prueba. Como dispone de poco espacio para trabajar solo puede ver dos obras a la vez; por eso, para visualizar el conjunto, debe imaginar una composición entre todos los fragmentos (un "photoshop cerebral").
Ya fuera de la sala, en la plaza, Marcos sigue reflexionando sobre la condición de marginalidad. Dice que esa cualidad no se define solo por lo territorial; acompaña a la persona aunque cambie de barrio, persiste el sentimiento de diferencia, el miedo de no adaptarse a otros contextos.
Al mismo tiempo, con énfasis, dice que está orgulloso de venir de su barrio, que es el ámbito que lo formó, y que está agradecido a ese entorno y, destaca, a su madre.
Cierra nuestra charla con otros reconocimientos: a sus amigas y amigos, al medio artístico, a Montevideo.
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Hugo López Chirico empezó a pintar en 2018, a sus 82 años, después de un largo recorrido por la música como director de orquesta, pianista, docente y autor de libros. Había dirigido la Orquesta Sinfónica Municipal, la Ossodre y la Filarmónica de Mérida, en Venezuela. La iniciación en la pintura ocurrió unos meses después de un infarto, en el encuentro con un Delaunay y "un azul increíble", y con una llamada a su amigo Miguel Battegazzore.
El maestro López Chirico venía transitando por las artes visuales desde décadas atrás, en la escultura. Su primera obra, de 1973, realizada como reacción al golpe de Estado, fue vista con entusiasmo por su amigo Germán Cabrera, quien le auguró que seguiría creando, como ocurrió. En 1989 llegó a la expresión gráfica a través del recurso didáctico que usó para sus clases de historia de la música. Fotocopiaba partituras, las yuxtaponía en grandes "pancartas", y con colores destacaba la estructura de la pieza. La diagramación del tiempo (que estaba en la música) se transformaba en una diagramación en el plano (en el gráfico resultante). De una expresión fundamentalmente diacrónica como la música, pasaba a una fundamentalmente sincrónica (aunque, aclara, diacronía y sincronía son rasgos predominantes, no absolutos).
Menciona músicos que encontraban vínculos entre sonidos y colores (Olivier Messiaen, Antonio Mastrogiovanni). No es su caso, de todos modos; Hugo no hace un "análisis molecular" de correspondencia entre notas y colores, sino "estructural", el color sigue a la estructura de la composición musical.
En nuestra charla en su taller menta a artistas admirados, en la música (Beethoven, Chopin, Roussel, Ravel, Debussy) y en artes visuales (Monet, Cézanne, Chagall, Figari, Bonnard, los Delaunay, el escultor Naum Gabo). Recuerda con admiración a sus maestros de dibujo en su Melo natal: Violeta Varela Escofet ("escultora magnífica", con una obra transgresora); el "fantástico académico" Puig, el maestro Américo Espósito.
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En el Espacio de Arte Contemporáneo (EAC) se presenta "¡Se va a acabar!", una muestra colectiva en torno al "Mundialito", la Copa de Oro de Campeones Mundiales, un torneo de fútbol organizado por la dictadura cívico-militar uruguaya entre diciembre de 1980 y enero de 1981.
Las curadoras de la muestra, Fabiana Puentes y Agustina Rodríguez, nos dicen que el gobierno dictatorial proyectó al Mundialito con un vínculo al Plebiscito de noviembre de 1980, la votación en la que la dictadura proponía una reforma de la Constitución con el fin de permanecer indefinidamente en el poder. La cúpula de gobierno veía al Mundialito como un futuro espacio de festejo de lo que, confiaba, sería el triunfo de su propuesta en la votación. También consideraba que la perspectiva de ese campeonato, dado el peso simbólico del fútbol en nuestra sociedad, reforzaría la adhesión de la ciudadanía al régimen dictatorial.
Sin embargo, la propuesta de la dictadura fue rechazada en las urnas, aunque contaba con todo el aparato represor y propagandístico a su favor.
Y en cuanto al Mundialito, contrariamente a lo previsto por el gobierno, operó también como un espacio de resistencia de la oposición. En ese momento, en que las reuniones estaban prohibidas, los partidos y los festejos fueron un lugar donde poder encontrarse, hablar, intercambiar material clandestino. Finalmente, resultó ser un espacio de celebración del triunfo de la resistencia en la votación, que tuvo lugar unas semanas antes del campeonato.
Las curadoras Fabiana Puentes y Agustina Rodríguez investigaron esos acontecimientos en material de archivo y en relatos orales. Convocaron a seis artistas, con quienes compartieron ese material de investigación para que pudieran utilizarlo como punto de partida de sus obras.
Junto a ellas, entonces, recorremos los trabajos de Luis Camnitzer, Fernando Foglino, Paola Monzillo, Lucía Pittaluga, Mauricio Rodríguez y Elián Stolarsky.
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El maestro Héctor Laborde nos recibe en su casa-taller en Sayago. Entre otras obras, nos muestra las que formarán parte de "Obras en construcción", exposición en homenaje a su maestro Miguel Ángel Pareja, que tendrá lugar en el Centro Cultural Pareja de Las Piedras.
En un espacio "de pasaje" en su casa, con obras en proceso, que va modificando, destaca precisamente el valor de retomar el trabajo en cada obra, seguir revisitándola con el paso del tiempo; en definitiva, reconocer el valor de la duda. Esto responde a enseñanzas de su maestro Pareja; con él aprendió que la pintura se trabaja. Es necesario el talento, pero no alcanza; el trabajo es lo que la consolida; por eso acostumbra retomar las obras, y eso las mejora. Reconoce que es un camino infinito, que la obra de un artista siempre será incompleta; pero eso, dice, no es lo que importa, sino que lo que haga sea auténtico.
Durante la entrevista, con generosidad, Laborde sigue profundizando en esos y otros conceptos teóricos que fundamentan su obra.
Comparte sus reflexiones acerca de forma y color: "Siempre que hay un problema, es de dibujo, no de color". Recuerda que Pareja decía que si un dibujo está bien hecho, se pinta solo. Y, precisamente, refiriéndose al dibujo, dice que cuando dibuja no piensa en la forma sino en el contenido, y a partir de eso "el dibujo aparece". Nos precisa que se refiere al contenido espiritual, ya que el arte es una transferencia espiritual (laica, aclara).
Nos habla del Taller KO, que fundó después de que la Escuela Nacional de Bellas Artes fue clausurada por la dictadura en 1973.
Finalmente, nos acompaña en la visita a su muestra homenaje en el Centro Cultural Pareja de Las Piedras. Durante el recorrido describe diferentes técnicas que utiliza (impresos digitales, a veces intervenidos con pintura acrílica, también xilografías, collages). Se detiene en su serie "Desaparecidos", en memoria de los detenidos desaparecidos durante la última dictadura.
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Entre rizomas, barro del río y tubos de ensayo con clorofila, Karina Flores nos presenta su proyecto en torno a los Humedales del río Santa Lucía.
Antes de empezar este trabajo, Karina ya se planteaba algunas preguntas acerca de los espacios y cómo los habitamos, pero fue en los Humedales donde empezó a ocuparse sistemáticamente de este tema. Decidió internarse en esa área protegida, y fue estableciendo un diálogo con la comunidad, las especies que la habitan, los científicos que la estudian. En ese entramado de comunidad, arte y ciencia, ha fundamentado su obra, que describe como un proyecto en continuo, que se va materializando en muestras diversas.
Nos habla de la relación con vecinos y vecinas del lugar; la generosidad en el apoyo y en la información que recibe sobre historias, oficios, saberes invisibilizados, tradiciones.
Karina ha expuesto en la zona y en otras locaciones del Oeste montevideano: en el Centro de Interpretación de los Humedales (donde ha recibido apoyo científico para su trabajo); en la plaza de Santiago Vázquez; en el Centro Cultural Alba Roballo de Nuevo París.
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En este punto de su trayectoria artística, que reconoce como un momento de madurez, Luciana Damiani conversa con El Monitor Plástico.
Se define como parte del colectivo FAC (Fundación de Arte Contemporáneo); se identifica con su forma de trabajo, muy asociada a hacer y pensar en conjunto.
La obra de Luciana parte de una situación de incomodidad con el discurso occidental establecido. La artista pretende interpelar al público y a sí misma; y dejar planteadas preguntas.
Nos habla de su proyecto acerca de las migraciones; también de las vivencias personales presentes en su obra. Lo político, en su historia familiar y en su trabajo. La creación desde la mirada adulta que ve a la niña que vivió la muerte de su madre.
Reflexiona sobre la responsabilidad del artista en diálogo con la sociedad. Dice que la obra de arte debe ser accesible, lo que no implica que sea "explicada"; sí que la otra persona forme parte de su trabajo.